Querido padre:
Te escribo esta carta, no con el afán de pedirte una migaja de tu tiempo
o de tu sucio dinero. Te escribo esta carta para expresarte lo siguiente:
En la vida todo se paga. Si das maldad, te regresará esa misma maldad en
doble cantidad o hasta más. Hay un Dios enojado por tu accionar, y yo sólo dejé
en sus manos la situación para que sea él quien te juzgue. Él te creo, y de la
misma manera, él te puede eliminar. Detrás de mí está el ángel de la muerte, y
él vio todo el proceso y tu actitud; pasará informe a Dios y créeme, lo que se
viene jamás lo olvidarás.
Nunca te pedí nada, ni te rogué ni lloré por ti o porque me dieras algo
material. No me interesaba. Sólo pedí algo justo. Pero veo que las acciones
honradas, justas y de buena fe, en este país y en el mundo, no existen. Más
puede el poder del dinero, que la justicia y los valores. Pero te comento algo:
el dinero hoy está, mañana no. Hoy vives, mañana mueres, y todo lo que
obtuviste, quedará aquí, en la tierra, pudriéndose con el paso del tiempo.
Te digo una cosa, y tenla en la mente siempre: tú no vales nada. La
gente te odia, y esa misma gente está esperando porque caigas, cometas un
error, para cobrar lo que les corresponde por derecho y por obligación.
Tranquilo, yo no estoy en ese grupo. ¿Sabes por qué? Porque yo no pierdo mi
tiempo valioso en ratas como tú, ni me interesa.
Sólo tú sabes lo que has hecho. Y yo también. Y las demás personas
involucradas directamente o no. Pero también lo sabe el ángel de la muerte,
Jesús y Dios padre todopoderoso. Y son ellos, que son autoridad suprema,
divina, quienes te juzgarán y te castigarán. Porque yo soy la niña de los ojos
del ángel de la muerte, soy su princesa, y tú has osado de perturbar mi calma y
mi paz.
Tal vez no te enseñaron que no debes jugar con fuego. O si lo hicieron,
jamás pusiste atención en clases o en casa. O simplemente, no te dio la gana de
aceptar las cosas que se te enseñaron o dijeron.
No sé porque tú eres así, tampoco quiero ni me interesa saberlo. Pero sé
que si sigues jugando así, te vas a quemar de la peor manera, y no sólo tú. Los
que están alrededor tuyo, también. ¿Te perdonarán por haberlos metido en la
boca del lobo y haber jugado ahí, sabiendo que no saldrían vivos? Quien sabe…
Te escribo no para que la leas, sino para que la lean las personas del
mundo, y sepan qué clase de ser humano eres. Una escoria envidiosa del éxito de
los demás; una rata que juega sucio para estar en el centro del universo. Pero,
¿sabes una cosa? Las personas así como tú, tarde o temprano terminan donde les
corresponde. Espero que Lucifer te haya separado un cuarto en el infierno para
darte la bienvenida. Pero creo, y estoy más que segura, que ni él te quiere
ahí.
De todas formas, querido padre, te agradezco que hayas perdido tu tiempo
en hacer todas esas atrocidades injustas e injustificadas contra mí. Te preguntarás
por el motivo de mi agradecimiento, cuando líneas arriba dije cosas al aire. La
razón es una: yo soy importante en tu vida. Si no lo fuera, ¿por qué perderías
el tiempo peleando por una casa que es algo material y no tiene tanto valor?
¿Acaso no te enseñaron que con el tiempo las cosas materiales, incluido una
casa o un carro, van perdiendo valor? Si jamás fui alguien especial para ti, ni
fui tan importante, ¿por qué perdiste tu tiempo en hacer estas acciones? Te
comento algo: toda mi vida te ignore, te fui indiferente. ¿Sabes por qué?
Porque tú no vales nada. Sólo eres alguien, que por desgracia se cruzó en el
camino de mi madre y me dio vida.
Y eso te enfureció. Esa indiferencia e ignorancia de mi parte hacia la
tuya. Te enfureció que yo fuera feliz, y que hiciera mi vida sin tomarte en
cuenta. Te enfureció que jamás hable de ti o te piense. Y tú, cual niño envidioso
de la felicidad y del éxito de los demás, jugaste sucio, hablando de mí, gastando
energías en mentiras, haciendo creer a los demás que era verdad. Pero las
mentiras son como los castillos de naipes: mientras más las vas creando hacia
lo alto, el viento, en algún momento pasará, y con sólo tocar un naipe, se
derrumba todo ese castillo lleno de falacias. Y queda al descubierto, tu
verdadero ser.
Mi vida, querido padre, es mi vida, y tú jamás formaste parte de ella.
¿Eso te enfureció? ¿Qué no fuera como tú? ¿Qué no me molestará en tomarte en
cuenta? No lo sé, padre. Pero de todas formas, gracias por hacerme saber, de la
peor manera, del juego sucio que hiciste contra mí, que yo sí forme parte de tu
vida, que me pensaste cada segundo, cada minuto durante muchos días, por muchos años. Gracias,
por hacerme saber que siempre estuviste “pendiente” de mí, así sea para
desalojarme de la casa, que por derecho me correspondía.
¡Qué injusta es la justicia terrenal!
Pero la justicia divina, esa si es justa y si llega. Tarde, pero llega.
El daño está hecho. Pero te digo una cosa: sólo te dañaste a ti mismo,
no a mí. A mi dejaste saber que siempre fui importante en tu vida. ¿Qué otra
explicación tienes que darme, para justificar tu accionar? Si yo no hubiera
sido importante en tu vida, no hubieses gastado dinero, ni energías en buscar
la manera de botarme de la casa. Pero lo hiciste, planeaste cada acción tuya,
gastando, y eso demuestra que siempre estuve presente en tu vida, mientras que
en la mía, tú no aparecías nunca.
Si me preguntan quién eres, yo sólo decía: un hijo de puta que no sabe qué
hacer con su tiempo y con su vida. No sé quién es. Y seguí. ¿Eso te molesto,
padre? Jamás te pensé, ni perdí mi valioso tiempo en ti. ¿Para qué?
“Hasta para hacer maldad, esa
persona demuestra cuán importante es la persona afectada en su vida.”
Una frase que aprendí con el paso de los años.
Y es verdad.
Si yo no te importaba, ¿para qué seguiste peleando por algo material? ¿Para
qué perdiste el tiempo buscando las mil maneras de lastimarme? ¿No pudiste
dejar las cosas ahí nomás? No, veo que no. ¿Sabes por qué? Porque siempre
fuiste avaricioso, envidioso. Y tú no querías perder algo material. Peor perder
ante mí, que demostré, con honradez y verdad que todo lo que se estaba haciendo
era mentira; perder ante mí, que yo si demostré, que tú nunca fuiste importante
en mi vida, y que jamás perdí mi tiempo en pensarte o anhelar un tiempo de
padre-hija. Y eso tú no lo aceptabas.
Me da pena tu accionar. Y no te equivocas al leerlo. Tú generas pena
y lastima. La gente piensa que de verdad estás loco, que nunca te enseñaron el
valor del amor, de la bondad y de la familia. Es una pena, que todos piensen
así de ti, y no yo. Como te dije, yo no pierdo mi tiempo en ratas que generan pérdidas.
Todo se lo he dejado a Dios… Y al ángel de la muerte.
Con cariño;
La hija que jamás perdió tiempo en ti.



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